CRISTINA ROMAN PINEDA
Para celebrar los primeros sesenta años del Auditorio Nacional, el coloso de Reforma, no solo presentó un concierto más en su larga lista, sino un espectáculo digno de recordar. Cerca de diez mil asistentes, fueron fieles testigos de un Placido Domingo que hizo gala de una potencia vocal que vas allá de gripas, resfriados o catarros. En la velada el profesionalismo del tenor dio muestra de lo que es ser un verdadero artista.
El cantante compartió con sus admiradores casi tres horas de concierto; tiempo en que interpreto en un programa de dos partes: arias de ópera, opereta, zarzuela, musicales y melodías vernáculas.
Fue la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México, bajo la batuta del director Eugene Kohn, la encargada de dar la bienvenida al respetable, para luego dar paso a la estrella de la noche, Placido Domingo, enfundado con traje y camisa negra, vestuario que contrastó con su cuidada barba platinada
En medio de una sonora ovación y otras muestras de júbilo, por parte del público, Domingo agradeció la calidez del recibimiento.
“Es una gran alegría estar una vez más aquí”, dijo, al momento de brindar un sentido “Viva México” y ofrecer una disculpa, ” ya que desde el día de ayer me empezó un catarro muy inoportuno, pero yo voy a cantar con el alma y la voz que pueda”.
Luego de esta introducción, el artista inició el programa con Dein ist mein Ganzes Herz (El país de las sonrisas) de Lehar, enseguida salió a escena Micaëla Oeste, una rubia y atractiva soprano, que interpretó Meine Lippen sie Küssen so heiss (Giuditta) de Lehar. Posteriormente el tenor cantaría en trío con Oeste y con la también soprano Angel Blue, un fragmento de la obra de Strauss So muss allein de la ópera Die Fledermaus.
El quinto número del programa estuvo a cargo de la baladora de flamenco Núria Pomares, quien recreó la Danza Española número 1, de La Vida es Breve, de De Falla. Al término de éste, regresaría Domingo con Winterstürme, aria de Die Walküre de Wagner; enseguida sería el turno de Angel Blue con Chi il bel sogno di Dorottea, fragmento de ópera La Rondine de Puccini. Y para terminar la primera parte del programa, Plácido y Micaëla interpretaron Parla, siam soli… Sí, vendetta!, de Rigoletto de Verdi.
Para el segundo acto, el público escuchó a los tres artistas del bell canto, quienes de forma alternada intrepretaron: I could have danced all night (My fair lady) de Loewe; The
imposible dream (Man of La Mancha) de Leigh; Over the Rainbow (The Wizard of Oz) de Arlen; Tonight (West side story) Bernstein; De España vengo (El niño judío) de Luna; Amor, vida de mi vida (Maravilla) de Moreno Torroba; Estrellita, de Ponce y Júrame de María Grever, letra que hizo vibrar al coloso de Reforma, reciento construido en 1952.
Cabe decir, que en algunos momentos la audiencia notó a un tenor que dejó en el camerino la sobriedad que caracteriza a un artista de ópera.
Por su parte Domingo, aseguró que el Auditorio Nacional le trae recuerdo sus inicios profesionales; incluso ahí llegó a interpretar algunas óperas; “en este México, que es mi media patria”, profirió. “Por eso este lugar es uno de mis recintos predilectos”.
Al terminar el programa, la respuesta del público fue tal, que hizo que el tenor saliera a escena enfundado con traje de charro, pero ahora acompañado de la sorpresa de la noche, Guadalupe Pineda, ambos cantarían con los acordes del Mariachi Vargas de Tecatitlán.
En total Plácido Domingo cantó once melodías más, fuera de lo planeado, pero las que más arrancaron los aplausos del público fueron: Paloma Negra, El Rey, Bésame Mucho y para cerrar con broche de oro Granada.



