Por Alfredo Gabriel Páramo
Recorre, descalza, los vagones del metro. Deja en la pierna de los pasajeros indiferentes un papelito donde narra, sucintamente, la situación de su pueblo, de su comunidad, de su gente. La historia es tan común que suena falsa, prefabricada…
La niña tiene 12 años tal vez; quizá sea un poco mayor, no estoy seguro. Viste como los chilangos pensamos que lo hacen los indígenas, o sea ropa demasiado sucia y gastada para ser folklórica y que en nuestro país solo ellos, los estudiantes de letras o filosofía, los turistas y los alteralgo se atreven a portar.
La pequeña se mueve eficientemente por entre la gente. Su mirada brillante y tímida no alcanza a ocultar cierta altivez, cierto resentimiento, cierta duda que podría traducirse en un “¿por qué yo no puedo vestir como ellos, comer como ellos, vivir como ellos?”. La realidad nos hace diferentes, nos sitúa en lados opuestos, nos enfrenta.
Algunas personas le dan monedas; pocas, le brindan alguna sonrisa o –horror de horrores—la ven con lástima y, también, con asco, con desprecio. La niña se mueve por entre las personas y las ignora a todas.
Ignora, también, que ese jueves en particular fue el Día Internacional de la Mujer, en el que se habla de logros y retos, en el que Facebook se llena de felicitaciones serias, llenas de contenido social, conscientes de género e incluyentes, junto con algunas que pretenden ser divertidas o ingeniosas. La radio y la televisión, los discursos y las pláticas, se llenaron más que otras veces de ese extrañísimo lenguaje “incluyente” que desconoce la realidad, la lingüística y la sociedad, y en cambio, nos da fórmulas “correctas” ridículas, que producen un habla confusa.
¿De qué le sirve a la pequeña que, cuando se acuerden de su pueblo, las personas digan “los niños y las niñas indígenas”? ¿Tendrá más oportunidades porque en el mismo metro, hay carteleras que aseguran que el gobierno federal protege a “las niñas y los niños”? ¿Comerá mejor, estudiará, jugará, porque gente que confunde género con sexo haya decretado que no hay más discriminación?
Me hubiera gustado preguntárselo. A ella y a la señora que se arrastra sobre los muñones envueltos en plásticos de sus piernas cortadas a la altura de los muslos y pasa un trapo por los pies de los pasajeros, también del metro; preguntarle a ella y a la anciana que toca la armónica en las escaleras del metro Normal; a ella y a la madre que abraza a su hijo afiebrado mientras vende chucherías chinas.
Me hubiera gustado, pero no lo hice. Me dio vergüenza.




Soledad, California, 17 de marzo del 2010
Excelente crónica. Comparto la indignación y la vegüenza expresada por su autor
ME GUSTA EL ESTILO Y EL CONTENIDO- PROMETO SEGUIR CON INTERES ESTAS CRONICAS