Por Alfredo Gabriel Páramo
Dicen que tomando pierdes
la cabeza y el dinero
pero a mí me crece el pecho
con ese mezcal del bueno.
Mezcalito Lila Downs/Paul Cohen
Allá en el pueblo recojo una gallina medio podrida, medio masticada. Los perros han estado jugando con ella toda la noche. La náusea me ahoga y don José, entre risas (no termina por entender cómo puedo ser tan delicado), me dice:
“Allá atrás, en la cabañita, hay una botella de mezcal. Échate un trago”.
Yo no estoy muy convencido de la eficacia del remedio.
“Ándale, si no te vas a enfermar”.
Voy a la cabañita y no le doy un trago a la botella que según la etiqueta debería contener brandy, pero que en su lugar está casi llena de un líquido completamente traslúcido. Como si fuera magia o medicina portentosa de merolico, el malestar desaparece de inmediato y no solo eso, sino que siento un calorcito sabroso así que —¿por qué no?—me echo un tercer trago.
“Te sientes mejor, ¿verdad?”, afirma don José. “El mezcal también es medicina”.
Y ese es el problema, uno de ellos al menos. SI lo vemos desde afuera, con esos ojos entre redentores e inquisitoriales que a veces usamos, pensamos que el alcoholismo en las comunidades campesinas y, particularmente, en las oaxaqueñas, es un asunto que se arregla fácilmente: que no haya mezcal y no habrá borrachos.
¡Ah! Pero la realidad es mucho más compleja. El mezcal —que no la borrachera, que es un subproducto tolerado, pero no del todo bien visto— forma parte de la cultura y no es cosa de ir amputando ramas como si estuviéramos esculpiendo un bonsái.
El mezcal en Oaxaca es aceptación, es sentirse parte de una comunidad cuando en la fiesta, la reunión o el encuentro, el anfitrión, con esa sonrisa extraña de los oaxaqueños, brinda con un claro “¡reciba!”, que te indica que, al menos por ese momento, no eres extraño sino alguien de la casa.
El mezcal, lo crean o no, también es amortiguador de conflictos: “¡Sácate una botella y vamos a tomar con este!”, en lugar de usar el machete, la pistola o los puños. La negociación por la ofensa social, ¡y hay tantas posibilidades de ella en una cultura (o culturas, quedaría mejor) tan llena de sutilezas y matices como la oaxaqueña! Empieza ofreciendo la ubicua botella de mezcal.
Cerca de la Central de Abastos de la ciudad de Oaxaca hay una cantina con el improbable nombre de Bar Toc. Lo atiende Carlos, un oaxaqueño anorteñado, y lo hace con eficacia. Nadie se le va sin pagar, le niega servicio a los clientes demasiado borrachos sin ofenderlos, evita la entrada de prostitutas al local. Los clientes del Bar Toc son, sobre todo, hombres que van a tomar cerveza, a escuchar música —corridos, norteñas, rancheras, boleros—, a veces a platicar y otras, a tomar en silencio con la vista fija en no sé qué lugar, pero que nunca —o casi— se cruza con los demás.
Allí, Carlos vende un mezcal elaborado por su padre. “Lo hace como se debe”, me asegura. Lo vende también, muy barato. Una vez compré una medida y se la regalé a don José. Aunque me la agradeció, luego me dijo que no estaba muy bueno.
“Me da gusto —le respondí— si hubiera estado bueno se la acaban en una sola mañana”. Ambos reímos. Ese mezcal había servido para desarrollar las negociaciones donde el visitante, como intermediario de su hijo que vive en el mítico Norte, pretendía comprar un pedazo de terreno.
Aunque la venta jamás se concretó, esa botella de mezcal sirvió para lubricar la relación entre dos familias del pueblo.
Es que no es cuestión de emborracharse. Con tomarse uno o dos tragos puede ser suficiente.
¡Y qué sabroso es! Lo mismo puede ser el mezcal carísimo que se vende a los turistas como mucho del que venden a granel campesinos que van de casa en casa. Todos tienen la garantía de ese calorcito en el estómago, de esa sensación de estar en las tierras oaxaqueñas, tan mexicanas, pero tan diferentes de lo que yo, al menos, estaba acostumbrado.
Pero las bondades del mezcal no son gratuitas. Aunque casi todo el mezcal es bueno, no lo es esa infame bebida que se vende en algunas tiendas de la Ciudad de México conocida como Tonayan o “panalito”, que pasa por mezcal, pero su precio tan bajo habla de su calidad.
El dueño de una tienda de ultramarinos me confesó un día: “Claro, yo lo vendo, pero ni loco lo probaría. Yo creo que eso te puede hacer daño”. En ese negocio, como en muchos de la ciudad, los principales clientes eran adolescentes o jóvenes obsesionados por la bebida, pero si mucho dinero.
También, cuántas fiestas no terminan en sangre o, a veces, en muerte. Y esa sangre está mezclada, generosamente, con mezcal; cuántas veces no se quedan niños con hambre porque el padre gastó el jornal en mezcal; cuántas veces no ocurre que el mezcal despierta las fieras del interior de algunos hombres y golpean a sus mujeres para, al día siguiente, hacerse el idiota y fingir que no pasó nada porque no se acuerdan de nada.




“Tomaba para ahogar mis penas pero las condenadas aprendieron a nadar”. Frida Kalo.
El alcohol es muy cabrón, es casi increible que sea legal la neta. Se puede volver el objeto mas preciado por muchos.
saludos Paramo.
Yo se donde conseguir mezcal del mero gusano en el DF. Los lunes, miércoles y viernes se pone un puestito de productos oaxaqueños en la esquina de Rio Lerma y Rio Sena, colonia Cuauhtechi.