LA VIDA EN ROSA

CRISTINA ROMÁN PINEDA

Por lo general, todas las historias de tragicomedia poseen un argumento sentimental, una acción violenta y personajes estereotipados como héroes, villanos y, sobre todo, el triunfo de la virtud sobre la maldad. Estas características en los guiones clásicos de gran parte del cine nacional sobre todo de mediados del siglo pasado manejan como uno de sus ejes principales a los personajes de las madres abnegadas, y es que siempre están presentes esas mujeres que, como nadie, soportan humillaciones con tal de sacar adelante a sus hijos, por ejemplo podemos recordar “Corona de lágrimas” con Marga López.

Igual que esta actriz, otras figuras claves de ese cine que canonizaban la maternidad de manera indiscutible fueron Sara García, quien además de hacer papeles de madre se convirtió en la abuelita más querida de México. No podemos olvidar tampoco a Libertad Lamarque, de hecho, estas dos compartidas compatriotas entablaron juntas un forzado encuentro hipermelodramático de corte materno en la inolvidable cinta “Soledad”.

En dicho drama Lamarque personificó a una sirvienta que casa en secreto con su patrón, quien tiempo después le revela que todo ha sido una farsa. Ella huye pero encuentra el triunfo como cantante de tangos, mientras que Marga, la hija de ambos, la desprecia por desconocer su verdadero pasado.

MADRE POCO CONVENCIONAL

La maternidad en peligro es uno de los ingredientes centrales de “Nosotros los pobres”. En esta cinta, Evita Muñoz “Chachita” es la hija –adoptiva- y, a su vez funciona como la pequeña madrecita de Pepe “El Toro”, ya que la verdadera progenitora de ésta, Carmen Montejo, y que es apodada “La Tísica”, ha caído en el fango de la perdición.

Y qué decir de la madre de Infante (María Gentil Arcos), una anciana paralítica y muda, molida a golpes y patadas por el villano drogadicto que encarna Miguel Inclán. En contraste, el sétimo arte mexicano también mostró la otra cara de la maternidad como sucede en “Los olvidados” de Buñuel. En la película Stella Inda es la madre sensual y llena de hijos que elige el sexo con “El Jaibo” (Roberto Cobo) antes que los deberes para con sus hijos. El mayor de ellos, interpretado por Alfonso Mejía, incluso llega a tener un sueño erótico que muestra su complejo de Edipo reprimido, cuando imagina a su madre en un camisón blanco flotando cerca de su cama.

Sin duda, otro momento sobre la crisis maternal se hace presente en “Víctimas del pecado”. Aquí, Ninón Sevilla interpreta a Violeta, cabaretera que recoge a un bebé, hija de una colega suya que lo abandona en un bote de basura frente al Monumento a la Revolución.

Al crecer, el niño –Ismael Pérez “Poncianito”- tiene que enfrentarse a los soldados que resguardan Lecumberry para llevarle a su madre encerrada en prisión, su humilde regalo del Día de las Madres. Definitivamente se trata de una de las escenas más representativas del mejor cine de culto nacional.

En la pantalla  grande nacional se reflejó en sus relatos familiares otro tipo de progenitora. Los tiempos cambiaban, tal como lo demostró Jaime Humberto Hermosillo, uno de los diseccionadores de la familia mexicana a partir de los años setenta.

Eso es evidente en películas como “Intimidades en un cuarto de baño”, en la que Martha Navarro tiene un notable papel de madre castrante, en oposición a la figura sobreprotectora que permite el noviazgo gay de su vástago en “Doña Herlinda y su hijo”.

Los excesos pueden encontrarse en los papeles que Ana Ofelia Murguía ha presentado bajo las órdenes de Cazals y Ripstein: la suegra brutal de “Los motivos de luz” y la madre arpía de Lucha Reyes en “La reina de la noche”.

LA FAMILIA, REFLEJADA

En los hijos ingratos, en los padres enérgicos y en las abnegadas cabecitas blancas, el melodrama encontró uno de sus caminos más andados e incluso atractivos. De hecho, el primer gran rodaje del cine nacional lo encontramos en “Cuando los hijos se van”.

El filme no sólo institucionalizó a Fernando Soler como el padre por excelencia de la pantalla grande, y en menor medida a Sara García como la madre sufrida, sino que habría una veta inagotable de hijos conflictivos y progenitores que se quedan solos.

Tema aparte y vedado es la sexualidad, inimaginable para las hijas y las madres, quienes sencillamente la desconocen. Ahí, obviamente que el adulterio es impensable: si una chica elige al hombre que ama sin el consentimiento paterno, se maldice para toda la vida, como le sucede a Martha Roth en la cinta “Una familia de tantas”, de Alejandro Galindo.

RIVALIDAD EN PADRES E HIJOS

Ningún hogar debe ser embargado el 10 de mayo, ya que resulta algo bastante dramático, tal como lo muestra “Cuando los hijos se van” en la escena en la que llegan unos tipos para cargar con el radio que transmite la canción que Emilio Tuero le dedica su mamacita en su día.

Con lecciones como ésa, la hija casadera Marga López se queda solterona, añorando los azahares para su boda, al decidir acatar la orden de papá Soler, quien se niega rotundamente a que su hija case con un hombre de ideas socialistas.

Por último, cabe destacar el discurso de la fiesta de 15 años en “Una familia de tantas”, que representa el espíritu de todo buen melodrama: la evocación de “esos días de candor e inocencia”; esa idea de llevar a la quinceañera “hasta los umbrales de la pubertad buena y pura, pudorosa y cristiana, obediente y respetuosa”.

Esa celebración, sin duda una de las experiencias más masoquistas de la mujer, es el tema mismo de “Quinceañera”, que tiene una fuerte dosis dramática, adecuado a sus diferentes estratos sociales.

QUERIDA

La abuelita de México

Para 1917, Sara García (1895-1980) era ya la protagonista de un filme mudo titulado “La soñadora”. Sin embargo, no fue sino hasta 1933 con “El pulpo humano” cuando la actriz se convirtió en la madre de todos mexicanos y más tarde en la abuelita prototípica del cine nacional.

Ella declaró haber filmado cerca de 300 películas entre melodramas y comedias, donde le dio vuelo a la hilacha a su vocación maternal al lado de otras mamás abnegadas como Matilde Palou, Prudencia Griffel, así como Libertad Lamarque y Marga López.

En “Los tres García” y “Vuelven los García” es la abuela valiente. En “Las señoritas Vivanco” y su secuela, encarna de nuevo a la abuela maternal al lado de Griffel; no obstante, donde rompe con su estereotipo es en “Mecánica Nacional” y en el episodio “Caridad de fe, esperanza y calidad”.

En el primer filme es la abuela malhablada que no sabe de cordura y buena educación al tener que expresarse; en el segundo es una anciana ricachona que provoca una tragedia con sus obras “de buena fe”. Sus mejores parejas fueron Fernando Soler y Joaquín Pardavé en ese cine lagrimal y gracioso.

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